Mi nombre es Sole y no sería sincera si os dijera que mi vocación siempre fue ser quiropráctica. Ni siquiera mi concepto de salud ha sido nunca el de ahora. Mi padre era médico y en casa la medicina convencional era la opción a la salud y el recurso cuando algo iba «mal».
Se podría decir que la quiropráctica «me eligió a mí», cuando mi hermano se graduó de Quiropráctica el verano en que yo tenía que decidir que hacer con mis estudios. Tampoco el flechazo por la quiropráctica ocurrió en la carrera: Me formé en Madrid durante 5 años donde me enseñaron todo lo que tenía que aprender sobre Anatomía, Biología, Fisiología, técnica… Y por fin la clínica. Tampoco fue ahí.
Yo no había tenido problemas importantes de salud, ni tuve el cambio «milagroso» que impulsó a muchos de mis compañeros a estudiar quiropráctica. Fue en mi primer trabajo cuando empecé a estar en contacto con la mayor parte de estos «casos milagrosos» sólo aplicando (un poco robóticamente) lo que me acababan de enseñar. Buscar la subluxación, ajustar y esperar a que el cuerpo hiciera el trabajo (y repetir). No era por mí, claramente. Todos los cambios los habían hecho sus cuerpos en una versión «menos estresada». Sólo era eso. Pues el efecto de «eso» era brutal.
Ahí si empezó el clic de verdad. Hasta el punto de que sólo me hacía ilusión invertir mis ingresos en formaciones de todo tipo, aquello era un bucle que me hacía muy feliz porque sentía que hacía un bien mayor y afectaba positivamente a mucha gente. Fue, sin duda, de las época más felices de mi vida. Me mudé a Barcelona y abrí mi propia consulta, todo iba bien. Hasta que…la cerré meses después por una depresión profunda a causa de una pérdida muy dolorosa. Viví en primera persona cómo se sentía estar enferma de verdad y perder la chispa y la alegría por todo lo que me solía hacer feliz.
Volví a Málaga a recuperarme y finalmente me mudé a Madrid donde trabajé en una clínica durante 3 años. El objetivo era no perder el contacto con la profesión y recuperarme financiera y personalmente para continuar el proyecto que no pude acabar en Barcelona: Abrir mi propio espacio. Como ocurre siempre con estas cosas la clínica de Madrid (SANA) empezó como un trámite y terminó siendo un lugar donde encontré compañeros y pacientes que se convertirán en amigos para toda la vida.
Pienso que los planes de Dios son perfectos en todo momento, porque ha sido en estos años grises de pérdidas, enfermedad y soledad donde he aprendido, hasta ahora, las mayores lecciones, y donde por fin he experimentado los milagros de la quiropráctica como paciente al ponerme en las manos de la técnica NSA que ha supuesto un pilar fundamental en mi recuperación mental-espiritual, así como prácticas como el barre y el yoga que me han fortalecido durante el proceso. Y por supuesto el denominador común: Todos los pacientes y casos milagrosos que siguen dando sentido a este sueño.
BRISSE es el combo de todo esto, espero que lo sientas tu casa.